LA AGONÍA DEL CAFÉ OAXAQUEÑO: CRISIS, POBREZA Y ÉXODO
- Basta con analizar bien el escenario de la fotografía que ilustra este texto, “tres tortillas, un pan y café de olla”.

Oaxaca. – “Hoy celebramos el Día Internacional del Café, una bebida que nos llena el corazón y que gracias a las y los productores oaxaqueños, con su trabajo diario y profundo amor por la tierra logran que el café llegue a cada mesa…” ha escrito el secretario del Gobierno Oaxaca Jesús Romero López en su red social, pero la amarga realidad del aromático en el estado es otra. Mientras que las cafeterías de ciudad llegan a cobrar 80 pesos por un café oaxaqueño, los productores que lo cultivan en las montañas de la Sierra Mixe y Zapoteca reciben solo entre 30 y 40 pesos por kilo de café pergamino. Este precio ni siquiera alcanza para cubrir los costos de producción. Esta cruel paradoja es sólo un grano de café de una crisis profunda y polifacética que está a punto de acabar con una de las tradiciones agrícolas más emblemáticas de Oaxaca, de la que dependen miles de familias que cultivan el grano aromático que antaño fue conocido como «el oro oaxaqueño».
La cosecha de café en Oaxaca se desplomó, en una década se redujo 60%. Las causas de esta crisis son diversas y complejas como el cambio climático, con lluvias erráticas, temperaturas extremas y eventos impredecibles, ha desatado plagas como la roya y la broca. En el ciclo 2015-2016 hubo comunidades que perdieron hasta el 95% de su producción, un golpe que no solo acabó con su ingreso, sino que amenazó su seguridad alimentaria.
Pero no es solo la naturaleza, los caficultores se enfrentan a un sistema comercial muy injusto, controlado por grandes empresas como Nestlé y Starbucks, que no son socias, sino que replican esquemas de intermediación. Los “coyotes” aprovechan la necesidad y compran el café a precios muy bajos. Informes de PRODESC han denunciado que estos mecanismos «profundizan la vulnerabilidad económica» y «perpetúan la desigualdad», dejando a los productores sin voz ni poder de negociación.
La tensión financiera es sofocante, por ejemplo, en la zona mixe, 67.5% de los productores mencionan los precios bajos como su principal problema, incluso por encima de las plagas. Sin acceso a mercados justos ni a infraestructura, los campesinos venden al primer comprador que aparezca, generalmente al peor precio. La ausencia de vías transitables, centros de acopio y certificaciones orgánicas o de comercio justo tiene a los caficultores en un círculo vicioso en el que su café se deprecia antes de salir de la finca.
Esta situación se agrava en un contexto de marginación histórica ya que muchas comunidades cafetaleras se localizan en áreas de alta y muy alta marginación, con indicadores preocupantes de pobreza. En la Mixteca, más del 80% de los municipios no tienen acceso a agua, electricidad, salud o educación. Esta inseguridad ahoga cualquier posibilidad de progreso: sin caminos, el café se echa a perder en la estación lluviosa; sin crédito, las fincas envejecen y las plagas arrasan.
El campo se deja abandonado, es inevitable el éxodo ya que «miles de jóvenes abandonan los cafetales por empleos en las ciudades o por irse a Estados Unidos.» Oaxaca alberga a más del 35% de la población indígena repatriada de ese país, muchas veces originaria de comunidades cafetaleras. Este éxodo está por extinguir no sólo la mano de obra, sino también el conocimiento ancestral que por generaciones ha mantenido la calidad y variedad del café oaxaqueño.
«Con la crisis, el café ya no es el pilar de la economía familiar» ya que la mayoría de los agricultores da prioridad a cultivos básicos de subsistencia, como maíz y frijol, para asegurar su alimentación. Cuando bajan los precios del café, se descuidan o abandonan las fincas. Pero también las barreras culturales y de idioma impiden que los productores indígenas puedan acceder a programas de apoyo o asistencia técnica, dejando fuera de los beneficios oficiales a miles de familias.
Mientras tanto, otros países productores como Colombia y Costa Rica aceleran el paso y crean variedades tolerantes al cambio climático y modernizan sus sistemas de producción y comercialización. En cambio, en Oaxaca todavía hay técnicas arcaicas y plantas muy viejas. Los programas estatales, cuando llegan, son tardíos, burocráticos y excluyen a productores aislados en comunidades remotas.
Un informe de PRODESC de febrero de 2025 denuncia que “la presión que ejercen las empresas comercializadoras sobre los precios del café… pone en riesgo el bienestar de las comunidades y la biodiversidad que resguardan”. La advertencia no es para tomarla a la ligera, dejar el café significaría perder no solo su principal fuente de ingresos, sino también los ecosistemas agroforestales que estas comunidades han conservado por siglos.
El futuro del café oaxaqueño está en juego y esta problemática requiere de una respuesta integral que involucre políticas públicas, inversión en infraestructura rural, acceso a mercados justos, transferencia tecnológica y oportunidades económicas para los jóvenes. El café en Oaxaca no es solo celebrarlo con una foto para las redes sociales, es la cultura de pueblos indígenas y la base ecológica de su biodiversidad. Dejar que desaparezca sería dejar caer un estilo de vida que ha llevado décadas construir.
Froylán Méndez Ferrer / froylanmf@gmail.com
Agencia de noticias ANSIC.MX
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