LA CRISIS ELÉCTRICA QUE EXPONE EL FRACASO DE CFE Y LA DESESPERACIÓN LEGISLATIVA EN OAXACA

- Mientras la CFE gasta millones en publicidad los oaxaqueños siguen con velas en la oscuridad
OAXACA. – A principios y finales de septiembre, legisladores admitieron que Oaxaca vive una crisis de abasto de energía eléctrica. El 23 de septiembre, la LXVI Legislatura de Oaxaca aprobó con 30 votos un exhorto de Urgente y Obvia Resolución a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) para que tome medidas urgentes ante los apagones recurrentes que sofocan a las ocho regiones del estado. Apenas tres semanas antes, el 2 de septiembre, el mismo Congreso había hecho otro exhorto con 29 votos a favor para que la Gerencia Divisional Sureste de CFE garantizara el abasto de energía eléctrica. Dos llamadas en menos de un mes señalan una verdad incómoda. La crisis energética en Oaxaca no es un simple cortocircuito, sino una emergencia sistémica que revela décadas de negligencia, infraestructura envejecida y un gobierno que ha dejado a millones de oaxaqueños a oscuras en todos los sentidos de la palabra.
La retórica política de los llamados no puede disfrazar la magnitud del desastre, pues los apagones en Oaxaca ya causaron pérdida de medicamentos y vacunas, y autoridades denuncian retrasos en reparaciones que impactan la atención médica. En abril de 2025, tras las lluvias, los cortes de energía no solo paralizaron sectores económicos y turísticos de Oaxaca, sino también servicios básicos como la atención a la salud. Hospitales sin luz, neveras de vacunas apagadas, cirugías canceladas: no es una imagen de un país del tercer mundo en guerra, sino del estado que presume ser la capital gastronómica y cultural de México.
La red eléctrica de CFE en Oaxaca es un monumento al abandono institucional. La presencia de la CFE en Oaxaca de Juárez ha tenido que lidiar con infraestructura envejecida y falta de inversión en tecnologías eficientes y sustentables. Mientras el gobierno federal presume soberanía energética y empresa estatal fortalecida, la realidad en Oaxaca es que cables colgando, transformadores oxidados y subestaciones rebasadas colapsan ante cualquier lluvia o pico de demanda. En marzo de 2025, la suspensión del servicio en cuatro estados se debió a un alto contenido de humedad en el gasoducto Mayakán, que contaminó el gas que sale de la central de cogeneración Nuevo Pemex, lo que demuestra que la crisis no es aislada, sino un síntoma del colapso del sistema nacional.
El daño económico por los apagones en Oaxaca es devastador, aunque las cifras oficiales nunca vean la luz. A nivel nacional, la falta de energía por cortes parciales impactó en 4% las ventas de las industrias afectadas en 2024, sin considerar las pérdidas de pequeños comercios, restaurantes, hoteles y negocios familiares que sostienen la economía oaxaqueña. Cada corte implica pérdida de alimentos en neveras, restaurantes sin poder servir a turistas, talleres artesanales paralizados y pequeños comerciantes perdiendo sus ya delgados márgenes de ganancia. En una ciudad donde el 78.5% de los trabajadores se encuentra empleado sin prestaciones laborales ni reconocimiento, la mayor tasa de informalidad en el país, cada corte de energía es un golpe a la supervivencia de miles de familias.
La reacción de CFE ante la crisis va de la indiferencia burocrática a la incompetencia técnica. Los exhortos del Congreso de Oaxaca exigen que «de manera inmediata» se resuelvan los apagones en las ocho regiones para que los hogares, negocios, escuelas, hospitales, mercados y presidencias municipales tengan energía eléctrica. Pero estas plegarias legislativas chocan con los muros de una institución más empeñada en proteger su monopolio que en cumplir con su obligación constitucional de suministrar energía eléctrica. La ironía es cruel: mientras la CFE gasta millones en publicidad y batallas legales contra las renovables, los oaxaqueños siguen con velas, plantas de luz y la esperanza cada vez más lejana de tener electricidad confiable.
La crisis energética en Oaxaca también expone las desigualdades regionales que el gobierno federal prefiere pasar por alto. «Las comunidades rurales e indígenas, marginadas ya en servicios básicos, educación y salud, ahora tienen que agregar los apagones a su lista de carencias». Cuando CFE tiene programado dar mantenimiento o «mejoras», siempre son las colonias pobres y comunidades lejanas las que se quedan sin luz hasta por 12 horas y sin previo aviso ni justificación. En tanto, la zona hotelera y turística de Huatulco son prioritarias, continuando con un modelo en el que el turismo y el capital son más importantes que la gente que hace posible la industria.
El diputado de Morena, Raynel Ramírez Mijangos, presentó uno de los exhortos justificando la necesidad de «asegurar el funcionamiento apropiado de equipos de trabajo y electrodomésticos, así como la realización óptima de actividades comerciales y laborales». Estas palabras, aunque bien intencionadas, suenan a burla cruel para los oaxaqueños que han sufrido durante meses, años, un servicio eléctrico tercermundista. Las exhortaciones legislativas, por más «urgentes» y de «evidente solución» que sean, carecen de fuerza legal y de presupuesto. Son, en el mejor de los casos, un alarido desesperado de legisladores locales que saben que no tienen ninguna posibilidad de forzar a una paraestatal federal a hacer su trabajo. En el peor de los casos, es teatro político para aparentar que «se hace algo» mientras los apagones siguen y la gente se desespera.
La crisis eléctrica de Oaxaca es la manifestación de un problema mayor, un modelo energético nacionalista que ha sacrificado la eficiencia, la modernización y el servicio al usuario en aras de una soberanía energética más simbólica que real. Mientras otras naciones latinoamericanas han diversificado sus matrices energéticas, han invertido en infraestructura resiliente y han dado paso a las energías limpias, México ha apostado todo al petróleo, al gas y al fortalecimiento del monopolio de CFE. Y no importa que ese monopolio no pueda dar luz ni siquiera a sus propios ciudadanos. Los oaxaqueños no necesitan exhortos legislativos ni discursos de soberanía energética; necesitan luz, electricidad confiable para trabajar, estudiar, conservar sus alimentos y vivir con dignidad.
Froylán Méndez Ferrer / froylanmf@gmail.com
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