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Las carreteras del país se llenaron de productores inconformes, más que un acto político, fue un grito de desesperación. El campo mexicano está cansado del abandono, de las promesas rotas y de los discursos vacíos. Hoy, quienes siembran la tierra —esa que nos da de comer a todos— se sienten traicionados por un gobierno que olvidó su palabra y desmanteló los apoyos que alguna vez sostuvieron al sector agrícola.

Morena traicionó al campo, eliminó programas productivos, recortó presupuestos y dejó en el olvido a miles de familias que dependen del trabajo rural. El resultado está frente a nosotros: carreteras bloqueadas, precios injustos y una creciente incertidumbre que asfixia a los productores. No se puede hablar de soberanía alimentaria cuando se le da la espalda a quienes cultivan la tierra.

En Oaxaca, en la Sierra, en la Mixteca, en los Valles Centrales, miles de campesinos enfrentan el aumento de los costos, la falta de fertilizantes, la pérdida de cosechas por el cambio climático y la ausencia de apoyos reales. Donde antes llegaban programas que impulsaban la producción, hoy solo hay silencio y abandono. El campo oaxaqueño resiste con dignidad, pero no puede solo. Necesita un gobierno que escuche y acompañe, no que use el olvido como estrategia.

Sabemos que sin campo no hay país, y sin productores no hay futuro, ni soberanía alimentaria. Defender al campo es reconocer que detrás de cada cosecha hay una familia, una comunidad y una historia de esfuerzo.

Y aunque les cueste reconocerlo, el PRI sí sabía gobernar. Sabía cómo respaldar al productor, cómo cuidar el presupuesto y cómo transformar el apoyo en resultados. Hoy, más que nunca, urge recuperar esa visión: la de un México que produce, que progresa y que no abandona a su gente.